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HISTORIA DE DINA

Dina Wond Jurewicz había aprendido a vivir en la disciplina como otros en la ternura. Su madre, Ilona Jurewicz, había forjado en ella un carácter de acero, moldeado a golpes de exigencia y reglas tras el derrumbe de una vida familiar que nunca ha llegado a serlo realmente.

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Su padre, Arnold Wond, era un hombre que había jugado siempre a dos caras. Conocido en Ciudad Céfiro por su encanto superficial, era de esos que sabían cómo robar sonrisas y fingir promesas, aunque incapaz de sostener algo real más allá de la mesa de un bar o la de un casino. Gastaba dinero que no era suyo, jugaba con la paciencia de Ilona y, en más de una ocasión, hipotecó la estabilidad de la casa en una partida de póker. No era solo el alcohol, ni las drogas, ni las noches desaparecido: era la certeza de que nada importaba más que él mismo.

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Ilona le soportó durante años, convencida de que Dina merecía al menos crecer con un padre en casa, pero aquel espejismo se quebró cuando Dina tenía seis años. Una tarde cualquiera, Arnold regresó con los ojos vidriosos y las manos temblorosas. Nadie supo qué detonó su rabia, pero la volcó sobre la niña, descargando en ella una violencia que jamás debía haber existido. Cuando Ilona llegó, fue como si una pieza de su alma se desgajara. Le echó de casa esa misma noche, a gritos, a golpes, arrastrando sus maletas por las escaleras como si fueran basura.

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Desde entonces, madre e hija quedaron solas, o al menos eso quisieron creer. Porque Arnold no desapareció del todo: de vez en cuando dejaba rastros, rumores en la ciudad, deudas en bares, mensajes nunca entregados. Había intentado ponerse en contacto, siempre buscando dinero, siempre excusándose, siempre culpando a otros. Y aunque Ilona prohibió cualquier acercamiento, Dina creció con la amarga conciencia de que su padre seguía ahí fuera, un fantasma que podía aparecer en cualquier momento para arruinar lo poco que habían conseguido.

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La consecuencia de aquel episodio fue una infancia sin pausas. Ilona endureció cada aspecto de la vida de su hija y también de la propia, convencida de que solo la disciplina podría salvar a su pequeña de un futuro de fragilidad. No había espacio para dudas ni para juegos: todo debía ser control, preparación, excelencia. Dina aprendió pronto que no podía permitirse fallar, porque fallar era darle a su padre la razón de que nada valía la pena.

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A los veinticuatro años, esa herida se había convertido en un motor. Ahora, instalada en Edosea y convertida en una de las agentes más letales de TAB, Dina era el reflejo del éxito que su madre había querido moldear. Francotiradora implacable, líder de su equipo, capaz de mover las piezas del espionaje con impecable meticulosidad. No necesitaba poderes, su verdadera fuerza era el control: el ojo fijo en la mira, el pulso firme, el disparo que nunca falla.

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Sin embargo, no todos dentro de TAB ven ese ascenso con respeto. Para muchos, Dina no es más que “la hija de la jefa”, alguien que ha alcanzado un rango alto por el apellido que lleva y no por su capacidad. Los rumores han sido constantes: que le han abierto el camino, que otros mejores han sido apartados para darle el puesto, que su perfección es solo fachada. Dina lo sabe, y en parte es cierto que su apellido abre puertas, pero también sabe que nadie en la organización entrena tanto como ella, que ningún francotirador tiene un registro tan limpio. Y aunque jamás responde a las críticas de frente, en silencio las usa como gasolina para reforzar su convicción: demostrar con hechos lo que los demás intentan negar con palabras.

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Pero bajo esa perfección late un fuego más íntimo; Dina aún piensa en su padre. No lo reconocerá en voz alta, ni ante Ilona ni ante sus compañeros, pero en noches de silencio todavía recuerda aquella primera mirada de decepción infantil, todavía se pregunta si habría algo rescatable en aquel hombre o si todo en él es ruina. Esa duda, más que cualquier bala, es lo que le mantiene despierta.

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Entre sus amigos, solo Roxy conoce la historia completa. Habían compartido entrenamientos desde el instituto, largas horas en gimnasios desiertos y confidencias robadas entre sesiones de tiro. Roxy sabe de la rabia contenida, de los silencios de Dina cuando su padre aparece en algún recuerdo, y de la sensación de que, aunque él ya no está en su vida, sigue siendo un eco constante.

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TAB le había dado a Dina la estructura que necesitaba: un lugar donde su disciplina no es castigo, sino virtud. Pero incluso en ese terreno seguro, los fantasmas encuentran grietas. Algunos de los delincuentes con los que trataba estaban ligados a viejas redes de juego y contrabando que, en más de una ocasión, le han devuelto el nombre de Arnold Wond como una ficha en el tablero. Un rumor, un soplo de información, nada concreto… pero suficiente para que la herida nunca cierre del todo.

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Dina no habla de ello. Ni con Ilona, porque su madre había enterrado a Arnold con más rabia que dolor, ni con Gedeón, porque él nunca comprendería ese vacío. Lo lleva en silencio, como otra misión imposible de borrar. Y quizá, en el fondo, es ese recuerdo lo que le impulsa a ser implacable: demostrar que jamás será como él, que su historia no le definirá, que la sangre podía mentir, pero que el disparo nunca lo haría.

CRÉDITOS

El arte no es mío; los dibujos en general son obra artística de @ctchrysler_ (Annie Mei Project). Cada personaje, ciudad, mapa, etc... que no es de ctchrysler, tiene en su foto el link al artista. No obstante, la historia y las ediciones sí me pertenecen.

Toda información que se desee añadir a personajes roleables es mérito de quienes han querido unirse a este maravilloso mundo.

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